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martes, 26 de septiembre de 2017
SEPTIEMBRE
- Por: Javier de Miguel
11/09/2017 - 77 Visitas


La vuelta al cole.

Septiembre para mí siempre ha significado, significa y significará una cosa: LA VUELTA AL COLE.

Y da igual que uno haya cumplido los 34. Y da igual que haga más de 14 años que dejó el colegio. Y da igual que se extinguiera el Preu, el Pau, B.U.P o C.O.U… Septiembre es el mes en el que empiezan las clases. Y eso es algo que queda grabado a fuego en la memoria de todos los estudiantes.

Recuerdo (y en esto seguro que no estoy solo) que uno de los momentos más terribles del verano era a principios de agosto cuando, en las marquesinas de los autobuses Portillo, en Marbella, veía el primer cartel de El Corte Inglés de “Vuelta al cole. Ahora, un 15% en Corticoles… blablabla”. Pero ¿qué mier** eran eso de los corticoles? ¿Eran descuentos? ¿Eran puntos? ¿Eran señores vestidos de duendes que secuestraban niños y forraban libros? ¿Por qué un 10 de agosto tenían que empezar a amargarle el verano a todos los chavales de España? Con mucho gusto le hubiera estampado la cabeza en una marquesina a más de un creativo de esos. Cor-ti-co-les, te voy a dar yo a ti Corticoles…

Otro momento terrible eran los días 1, 2 y 3 de septiembre. No sólo porque significaba volver de la playa y dar por concluida la temporada de los Calipos y las quedadas con los amigos de la urba, sino porque, de vuelta en casa, se respiraba en el ambiente se se habían terminado las vacaciones: tus padres se reincorporaban al curro y cambiaban el chip: “Mamá, se puede venir Carlos a pasar la tarde?” “Bueno, pero un rato, que ya tienes que empezar a acostarte pronto para coger el HORARIO DE COLEGIO“…

Y qué hay de ese momento, (¡OH!, ese momento) en el que veías los primeros libros de texto por casa. Tu madre volvía cargada con un par de bolsas de plástico (generalmente eran blancas, finitas, de estas que parece que se van a desgarrar en cuanto una esquina del libro se pase de la raya) y te enfrentabas a ese primer y fatídico momento de mirar cara a cara las portadas de los libros que ibas a tener que leer, subrayar, rumiar, mascar, digerir y vomitar a lo largo del curso. Yo recuerdo que lo primero que me fijaba era en el grosor. Luego en la tipografía y el tamaño de la letra y, por último, me fijaba en la proporción de fotos que había por página: Naturales y Sociales siempre tenían mucha foto, mucha infografía, mucho gráfico estadístico: “distribución del petróleo en el mundo”, “capas de la tierra según su grosor”, “ríos del mundo según su caudal”. Muy al contrario que Mates o Literatura, en las que apenas había nada que liquidara un poco de texto de la página.

Tras el desembarco de los libros llegaba el momento de forrarlos, y aquí había dos tipos de madres: las que forraban con forro de plástico barato, más grueso y sin autoadhesivo (este que había que pegar con tiras de celo a la tapa del libro y que dejaban siempre un espacio de aire entre el forro y el libro) y las que usaban Aironfix. Este era el caro, el bueno, el que tenía pegamento por una de las caras y se adhería a las cubiertas como una segunda piel. Y tanto se pegaba que se creaban las pequeñas burbujas que, a no ser que las pincharas con la punta del compás o con unas tijeras, se quedaban ahí el resto del curso. Yo las odiaba. Pero más odiaba aún los pliegues de forro. Esas pequeñas montañitas alargadas y poco elevadas, que se formaban cuando el Aironfiix se pegaba a sí mismo. Bueno, en cualquier caso, en mi casa siempre fuimos del primer tipo, qué le vamos a hacer.

Y luego había que preparar el resto del material. El estuche, vamos. Ahí también había dos tipologías, en este caso claramente diferenciadas: el estuche de chico y el estuche de chica.

El de chico, básicamente, era una especie de canelón de tela con una cremallera que guardaba en su matriz un lápiz, un bolígrafo -dos en el mejor de los casos- una goma reciclada del curso pasado (de bordes gastados y negros por los restos de lápiz) una regla -bueno, un cacho de regla- y un compás. El compás: es curioso, porque mira que es algo que usé veces y veces en el colegio y desde que terminé 2º de BUP jamás he vuelto a necesitar…

Los estuches de chica, muy al contrario, eran auténticos portaaviones de material de papelería. Recuerdo unos estuches de formato cuadrado -el estándar diría yo-, que se abrían y desplegaban en un piso en superficie: 8 ó 9 lápices de colores, dos bolígrafos, dos lápices, un sacapuntas (de plástico cuadrado o de metal plateado rectangular), una mini escuadra y un mini cartabón. Luego estaban ya los mega estuches, las navajas suizas infantiles, los trenes de mercancía escolar: ¡¡los estuches de DOS PISOS!! Dos cremalleras. Muy fuerte. Un piso entero estaba dedicado a los lápices de colores. Había como 20, quizá más. En el segundo piso había rotuladores de colores, bolis, la escuadra, el cartabón, un transportador de ángulos (muy útil para niños de 8 años), un compás, unas tijeras, UN PEGAMENTO, celo, goma y sacapuntas. Yo tengo claro que si fuera a una isla desierta y pudiera llevarme algo, me llevaría un estuche de dos pisos.  Seguro que había compartimentos secretos con botiquín y unas galletas Príncipe para picar entre horas

Al menos no todo era malo en septiembre. Yo me consolaba pensando en que, aun empezando el 15 (porque antes se empezaba el 15 o más tarde, no el 6 como los pobres chavalines de ahora) aún tenía todo el mes de jornada intensiva y eso implicaba salir a la hora de comer. Vale, no era mucho, pero aún podías aprovechar las tardes para quedar a dar una vuelta, dormir siesta o para echar unas últimas partidas al Súper Mario Bross 3 y al Italia 90…

Otro de los recursos estudiantiles para encarar septiembre era pensar que los primeros días los profesores “se presentan a sí mismos, presentan la asignatura, se enredan con las normas y blabla”, de manera que las dos primeras horas de una asignatura se esfumaban como si nada. Y esto era así cuando eras pequeño, pero a medida que crecías, esas presentaciones eran más breves y esas normas de convivencia cada vez se daban más por sabidas, de tal modo que en los últimos dos cursos del colegio todo se resumía en un escueto: “Buenos días, soy Ricardo Marino, voy a impartir la asignatura de Naturales, y si estudian al día y toman bien los apuntes, no tendrán problemas para aprobar. Primer tema: El aparato digestivo…” ¡¡Estudiar al día y tomar apuntes!! ¡¡Qué cachondo, pero si precisamente eso es lo que yo quería evitar!!

En fin. Yo sigo sufriendo en silencio. No solo por lo que fue, sino porque empatizo con los miles de niños que cada final de agosto temen la llegada de lo inevitable: septiembre. 

Con esto y con todo, soy perfectamente consciente de la suerte que tuve de poder recibir una educación. Los millones de niños que no pueden acceder a ella por todo el mundo darían lo poco que tienen por poder sentir lo que es una vuelta al cole…

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